sábado, 10 de noviembre de 2012

                                      MODELOS  ECONOMICOS

La borrascosa crisis económica y financiera que sacude al mundo desarrollado y cuyas imprevisibles consecuencias gravitan como una enorme amenaza al conjunto de la humanidad, pone de manifiesto la fragilidad de la economía de libre mercado como modelo económico que garantice la evolución hacia una sociedad más rica que permita una mayor y mejor distribución de la riqueza.

El fracaso en la última parte del siglo pasado de las experiencias de economía fuertemente intervenida promovidas por la filosofía marxista, impulsó, especialmente en estos últimos años, un relanzamiento del liberalismo sin cortapisas como modelo óptimo para la creación y extensión de riqueza y crecimiento económico. Y así, en el reciente periodo y unido a la globalización, se ha relanzado el capitalismo más puro, y a la vez dinámico, como motor del desarrollo mundial.   


Los países desarrollados y los que aspiran a serlo se han embarcado en unos crecimientos tan intensos que han hecho del mismo su único objetivo, arrumbando los derechos sociales relacionados con el mundo del trabajo considerándolos auténticos frenos, cuando no rémoras, del desarrollo.

La extensión e intensidad de estos crecimientos económicos han sido el espaldarazo a unas políticas en las que la especulación ha primado sobre el rigor y la solvencia económicas, la ambición desmedida para retribuir al capital sobre el control del sistema financiero y el consumo, especialmente el energético, sobre los más elementales principios de desarrollo sostenible. Y la globalización de las economías ha sido la mejor excusa para impedir medidas de control, mientras los gobiernos competían en auténticas carreras para no hacer de su país la excepción a tanta abundancia.

Hemos asistido a la exaltación de la llamada “ingeniería financiera” como método para la consecución de resultados y beneficios rápidos y a arriesgadas operaciones de creación y compraventa de empresas sin otro valor real de producto que el especulativo, generando con ello un entramado empresarial de consistencia ficticia. Entramado que ya venía avisando de su fragilidad cuando hace pocos años se inició el espectacular fracaso de muchas de esas empresas llamadas cibernéticas o de la comunicación. Eso antes de que se empezase a hablar de la “burbuja inmobiliaria”, “hipotecas basura” y el subsiguiente negocio financiero y especulativo montado a su alrededor que ha sido, al parecer, el desencadenante de la crisis.

Mientras tanto hemos visto un modelo de gestión basado en “ejecutivos agresivos”, “competitividad”, “stock options”, “economía sumergida”, endeudamiento masivo por el bajo precio del dinero y, sobre todo, consumo, consumo, consumo por encima de cualquier cosa. 
                                                          

Pues bien, sin que nadie sepa explicar claramente cómo ha ocurrido, el crecimiento y la abundancia parece que se esfuman afectadas por una crisis económica que está reclamando una decidida y decisiva intervención de los gobiernos como gestores del dinero público aportado por los ciudadanos con sus impuestos.

De pronto el neoliberalismo deja de crear riqueza para pasar a crear pobreza. El “laisser faire laisser passer” deja de ser el principio del modelo económico y quienes más han defendido que debe dejarse exclusivamente al mercado la regulación del proceso económico piden la intervención de los gobiernos, las autoridades económicas y monetarias y, sobre todo, el dinero público, para evitar las consecuencias de lo que ese modelo ha propiciado: una extensa e intensa crisis.

Pero las razones de esta exigencia no son las derivadas de los efectos más graves del liberalismo en forma de recortes de los derechos sociales, del deterioro del equilibrio ambiental, del crecimiento de la distancia entre los países ricos y los pobres, del despilfarro energético o de la suicida sobreexplotación de recursos naturales. Las verdaderas razones son las de pedir la aportación de los recursos financieros que no tenía ese crecimiento, que no era ni tan cuantioso ni tan excelente, para poder recuperar el funcionamiento del modelo.

Entre tanto, para el conjunto de los trabajadores asalariados y pensionistas, es decir, la mayoría de la sociedad, las consecuencias serán más paro y sus efectos. Y, además, precariedad, sustitución de trabajadores fijos por temporales más baratos, reducción de retribuciones para mantener el empleo, cierres y deslocalización industrial, recortes presupuestarios públicos y de los servicios sociales, empeoramiento de las condiciones de jubilación... En suma, pobreza.

Pero la pobreza no es un mal necesario sino la consecuencia de un sistema injusto. Y hay que hacer constar que ni la derecha ni, sobre todo, la izquierda, han sido capaces de percatarse de lo que venía, pese a los avisos, ni de reaccionar ante lo que alguien ha denominado con acierto “una economía canalla”. Mientras la política perdía el control de la economía, la “tecnociencia” desataba unas potencias y dinámicas que la sobrepasaban, arrumbando el control democrático como si este fuese ignorante por definición. En estas condiciones urge una reacción social que evite un futuro que repita los peores momentos de la historia de las crisis económicas, a las que no son ajenas, entre otras calamidades, las denominadas guerras mundiales del pasado siglo. Hay que democratizar la economía y sus estructuras institucionales si queremos evitar que la economía, en forma de neoliberalismo, se haga con el control de la democracia y sus instituciones. Es necesaria la recuperación de unos valores de la izquierda que coloquen a la persona en el centro de la consideración incluso de los modelos económicos. Sería una de las primeras  prioridades para evitar un mundo del “sálvese quien pueda pagarlo”.

Pero la más urgente e importante es la lucha contra la desigualdad, la recuperación de la solidaridad como principio e instrumento de las relaciones humanas y económicas. No podemos seguir sustituyendo la consustancial condición social de la persona por la compraventa de servicios asistenciales, la mera práctica de voluntariado a tiempo parcial o la transferencia a alguna ONG, por medio de una aportación económica, de nuestros deberes cívicos. Ni debemos aceptar que la sociedad de corte laico que sustituye a la de corte religioso imperante durante muchos siglos carezca de una escala propia de valores y principios sociales tanto o más definidos que los de las religiones.

Si no queremos que la crisis sea no sólo económica sino total, deberemos impulsar un cambio de nuestras propias actitudes vitales; por poner algunos ejemplos, no podemos continuar asumiendo como si fuese lo más natural que los partidos de izquierdas se sumen de forma acrítica y casi con entusiasmo a las políticas neoliberales, que sindicatos se dediquen al negocio de la promoción inmobiliaria como vía de financiación mientras se reducen derechos sociales duramente conseguidos carentes de seguro de pervivencia, que la relación humana se base en el “tanto tienes tanto vales” o que el consumo constituya la principal y casi única posibilidad para impulsar el desarrollo económico y las relaciones entre los pueblos.

Únicamente nuestro grado de compromiso y exigencia individual y social en la práctica de principios democráticos de igualdad y solidaridad, podrá evitar volver a las andadas en un mundo que carece de otra dirección que la derivada de la fuerza. De la económica y de la otra. Porque vamos a ser los paganos de la crisis, seamos, al menos, los que pongamos medidas para paliar sus efectos. Entre todos y solidariamente unidos.


Pero la más urgente e importante es la lucha contra la desigualdad, la recuperación de la solidaridad como principio e instrumento de las relaciones humanas y económicas. No podemos seguir sustituyendo la consustancial condición social de la persona por la compraventa de servicios asistenciales, la mera práctica de voluntariado a tiempo parcial o la transferencia a alguna ONG, por medio de una aportación económica, de nuestros deberes cívicos. Ni debemos aceptar que la sociedad de corte laico que sustituye a la de corte religioso imperante durante muchos siglos carezca de una escala propia de valores y principios sociales tanto o más definidos que los de las religiones.

Si no queremos que la crisis sea no sólo económica sino total, deberemos impulsar un cambio de nuestras propias actitudes vitales; por poner algunos ejemplos, no podemos continuar asumiendo como si fuese lo más natural que los partidos de izquierdas se sumen de forma acrítica y casi con entusiasmo a las políticas neoliberales, que sindicatos se dediquen al negocio de la promoción inmobiliaria como vía de financiación mientras se reducen derechos sociales duramente conseguidos carentes de seguro de pervivencia, que la relación humana se base en el “tanto tienes tanto vales” o que el consumo constituya la principal y casi única posibilidad para impulsar el desarrollo económico y las relaciones entre los pueblos.

Únicamente nuestro grado de compromiso y exigencia individual y social en la práctica de principios democráticos de igualdad y solidaridad, podrá evitar volver a las andadas en un mundo que carece de otra dirección que la derivada de la fuerza. De la económica y de la otra. Porque vamos a ser los paganos de la crisis, seamos, al menos, los que pongamos medidas para paliar sus efectos. Entre todos y solidariamente unidos.


Pero la más urgente e importante es la lucha contra la desigualdad, la recuperación de la solidaridad como principio e instrumento de las relaciones humanas y económicas. No podemos seguir sustituyendo la consustancial condición social de la persona por la compraventa de servicios asistenciales, la mera práctica de voluntariado a tiempo parcial o la transferencia a alguna ONG, por medio de una aportación económica, de nuestros deberes cívicos. Ni debemos aceptar que la sociedad de corte laico que sustituye a la de corte religioso imperante durante muchos siglos carezca de una escala propia de valores y principios sociales tanto o más definidos que los de las religiones.

Si no queremos que la crisis sea no sólo económica sino total, deberemos impulsar un cambio de nuestras propias actitudes vitales; por poner algunos ejemplos, no podemos continuar asumiendo como si fuese lo más natural que los partidos de izquierdas se sumen de forma acrítica y casi con entusiasmo a las políticas neoliberales, que sindicatos se dediquen al negocio de la promoción inmobiliaria como vía de financiación mientras se reducen derechos sociales duramente conseguidos carentes de seguro de pervivencia, que la relación humana se base en el “tanto tienes tanto vales” o que el consumo constituya la principal y casi única posibilidad para impulsar el desarrollo económico y las relaciones entre los pueblos.

Únicamente nuestro grado de compromiso y exigencia individual y social en la práctica de principios democráticos de igualdad y solidaridad, podrá evitar volver a las andadas en un mundo que carece de otra dirección que la derivada de la fuerza. De la económica y de la otra. Porque vamos a ser los paganos de la crisis, seamos, al menos, los que pongamos medidas para paliar sus efectos. Entre todos y solidariamente unidos.





                                                                                            

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